Un bicentenario chiquitito, chiquitito

Por José Vitar

Todo indica que Tucumán se ganó el derecho a ser sede del Congreso de 1816 por dos razones: su estratégica ubicación geográfica en tiempos de largos y penosos viajes en carreta, y el enorme prestigio que le había otorgado el triunfo militar del 24 de setiembre de 1812, en el Campo de las Carreras, frenando la arremetida española que venía arrasando desde el Alto Perú.

Desde entonces, el pueblo tucumano siente un enorme orgullo de que la provincia haya sido privilegiada con ese rol de “cuna de la Independencia”.

Todos los años, el 9 de julio la gente tiene una actitud festiva, de olvidar –cual paralelo con “La fiesta de San Juan” de Serrat- por un momento que cada uno es cada cual.

El Presidente Macri, que se siente más cómodo con los escenarios que le arma Gerardo Morales en la turística Quebrada humahuaqueña, ignora esto.

Por eso tomo todo tipo de precauciones para evitar un contacto demasiado cercano con las decenas de miles de personas (sobre todo familias enteras) que salieron a la calle, temeroso de vivir escenas desagradables.

Solo ese estado de enajenación, gráficamente expresado en el rostro cada vez más tenso y demacrado de aquel sonriente mandatario asumido el 10 de diciembre pasado, lo puede haber llevado a protagonizar verdaderos papelones que ilustran sobre su creciente pérdida de control de la situación política.

Desde la puerta de la Casa Histórica en que se declaró la Independencia, le recordó a un pueblo movilizado y feliz que él estaba en la justo aplicando los tarifazos que después la Justicia obligó a rever.

Se le ocurrió además una idea insólita (para los argentinos que amamos la independencia, para él parece que no): invita a los festejos al emblemático Rey Juan Carlos, símbolo de una monarquía decadente y corrupta que continúa la misma dinastía que gobernaba el reino cuando rompimos el yugo colonial.

A ese patético rey emérito le habló conmovido sobre “la angustia” de los patriotas de 1816 al independizarse de España. No solo un insulto a nuestra vocación de libertad e independencia, sino una expresión de ignorancia que lo pinta de cuerpo entero.

Hay que animarse a decir eso en una provincia donde un Ejército del Norte cansado, mal armado y con la moral golpeada, conducido por el inclaudicable Belgrano, fue presionado a dar pelea  por los vecinos de San Miguel de Tucumán, que armaron escuadrones de gauchos a caballo, cuando los había, munidos de cañas tacuara como lanzas, con las cuales atravesaban a los españoles.

El odio al cruel dominador de tres siglos era su principal motivación. Fue tan vehemente el ataque sobre el ordenado, bien armado y mucho más numeroso ejército español que lo obligaron a retroceder persiguiéndolos hasta el límite con Salta, donde luego los gauchos salteños terminarían la faena.

Desprecio por los valores de la Independencia de la Patria, ignorancia de nuestra historia, obsesión por llevar adelante su cruel programa de ajustes neoliberales.

El Bicentenario estuvo vaciado desde lo simbólico. Para Tucumán era también el aniversario de dos fechas trágicas: el 50 aniversario del cierre masivo de ingenios azucareros dispuesto por la dictadura que divide en dos a la historia de la provincia. Y el 40 aniversario del trágico golpe, iniciado aquí varios meses antes con el Operativo independencia.

Ambos hechos fueron silenciados, escondidos, ignorados. Ambos explican la destrucción de una provincia que supo ser culta, progresista y pujante.